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jueves, 27 de octubre de 2011

José Portogalo BIBLIOTECA VIRTUAL AUPA FOMENTO A LA LECTURA

José Portogalo

Tuvo esa vida dura del inmigrante. nacido en 1904 en plena calle y desamparo, en Savelli, un pueblito arrasado por la pobreza, en la Calabria, llegó a la Argentina a los 4 años con su madre, una tana inmensa, que no sabía leer, dicen que suave y llena de amor, Dominga Gualtieri. Con su madre llegó a la Argentina, (No como la de Marco, que le dejó para que la buscase).
Vivieron en la Boca y laburó de lustrabotas dos días después de bajar del barco.
La madre, encontró al Ananía original, su esposo, casado con otra y decidió ceder a los encantos de un vendedor ambulante de pescado (otro calabrés de Catanzaro, de apellido Portogalo) que asumió como suya la paternidad sobre pepe, como Dominga llamó a su hijo desde chiquito.
Hasta los 28 años, el Pepe Portogalo hizo de todo para ganarse la vida mientras ella lavaba la ropa del conventillo y el vecindario: lustra, vendedor de diarios, florista, vendedor ambulante, portero de escuela en la época de Uriburu y -desde los 15- bailarín profesional de tango en la escuadra del famoso Cachafáz, con el que frecuentaba los salones más temibles: la Colonia Italiana de la cale Paraná 55, el Primo Círcolo Mandolinístico Italiano, La Nazionale Italiana, La Argentina, el ABC, a dos cuadras del mercado de Abasto, al que se lo conocía con el nombre de El gato Negro, donde solo se bailaba entre hombres todas las noches y los sábados y domingos con mujeres.
Por esa época -mientras ya el Malevo Muñoz se incorporaba al diario Crítica como aspirante (aprendiz de cronista) y se transformaba para la mitología porteña en Carlos de la Púa- Portogalo empezó a escribir poemas copiando a Almafuerte, imitando a Carriego, soñando con llegar a ser célebre y eficaz como Rubén Darío.
SUBVERSIVO Y PORNOGRÁFICO
Anarquista, insolente, araño esa fama en los años treinta pero de una manera impensada: su tercer libro, Tumulto, aparecido exactamente hace 66 años, en el mes de noviembre de 11935, provocó un escándalo infernal por su tono subversivo y apasionado. Se ganó un premio municipal que nunca le pagaron y luego le confiscaron, pero agotó insólitamente una edición completa de 1500 ejemplares antes de que lo prohibieran.
Se había convertido en el primer poeta de Buenos Aires con la realidad social metida debajo de las venas de su agrio escepticismo, de un humor descalabrado, orgulloso y triste. Eran esas épocas tremendas: de persecución política, de hambre, dolor, angustia y absoluto desprecio por la dignidad humana. Con Muñón y Olivari, fue Portogalo uno de los primeros que puso en sus versos a la dactilógrafa que ganaba 30 pesos por mes y moría tuberculosa. El poeta de Tumulto le cantaba a los canillitas, a las maestras y a los proletarios, a los seres sin familia y sin techo, sin amor y sin compasión.
Cada poema es una dentellada, un grito, la condición necesaria para advertir -con verdadero temblor profético- el advenimiento del abismo, el ingreso progresivo de una civilización -la occidental- en el cono de sombra de la disolución, un mundo sin dios que desciende a las tinieblas de la noche histórica.
Tumulto es un documento vivo y patético en la conciencia de cuyo autor está presente la calamidad de un tiempo que él conocía muy bien, con su desgarramiento y su dolor, hacia donde llevara los ojos: la inmigración, la infancia, su madre, sus compañeros de andamio y brocha gorda, sus hermanos proletarios, los piringundines portuarios.

La vehemencia verbal -habría que decir meridional, en verdad- de ese libro, su intolerancia combativa, su desprecio por los hipócritas clericales, su odio por los imperialistas y los capitalistas, confunde sus objetivos políticos. Y (mandatos de los stalinistas del partido que no supo o no quiso eludir) con los años se van aplacando sus intensas pasiones subversivas. Del pibe aquél que hería la noche con el Malevo Muñoz ya no queda ni su armónica plateada, una pequeña joya que conservó hasta su muerte. A veces, precisamente poco antes de morir, hacia mediados de 1973, alguien bien podía verlo, solitario, menudito, perdido en su mundo y al borde de la desmemoria, envuelto en su sobretodo negro y caminando la madrugada porteña, merodeando por el puerto o las estaciones ferroviarias, atraído seguramente por el banderín de algún mástil o las estridentes locomotoras que se tragaban el horizonte.
Tumulto es el tercero de sus 12 libros
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