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lunes, 7 de mayo de 2012

PEDRO SALINAS POEMA CERO un poema por la paz y la reflexión BIBLIOTECA AUPA

Pedro Salinas 
CERO
 Y esa Nada, ha causado muchos llantos, 
Y Nada fue instrumento de la Muerte, 
Y Nada vino a ser muerte de tantos.
FRANCISCO DE QUEVEDO
Ya maduró un nuevo cero 
que tendrá su devoción.
ANTONIO MACHADO
                    I
Invitación al llanto.  Esto es un llanto, 
      ojos, sin fin, llorando, 
escombrera adelante, por las ruinas 
        de innumerables días. 
Ruinas que esparce un cero —autor de nadas, 
obra del hombre—, un cero, cuando estalla.

Cayó ciega.  La soltó, 
la soltaron, a seis mil 
metros de altura, a las cuatro. 
¿Hay ojos que le distingan 
a la Tierra sus primores 
desde tan alto? 
¿Mundo feliz? ¿Tramas, vidas, 
que se tejen, se destejen, 
mariposas, hombres, tigres, 
amándose y desamándose? 
No. Geometría.  Abstractos 
colores sin habitantes, 
embuste liso de atlas. 
Cientos de dedos del viento 
una tras otra pasaban 
las hojas 
—márgenes de nubes blancas— 
de las tierras de la Tierra, 
vuelta cuaderno de mapas. 
Y a un mapa distante, ¿quién 
le tiene lástima? Lástima 
de una pompa de jabón 
irisada, que se quiebra; 
o en la arena de la playa 
un crujido, un caracol 
roto 
sin querer, con la pisada.  
Pero esa altura tan alta 
que ya no la quieren pájaros, 
le ciega al querer su causa 
con mil aires transparentes. 
Invisibles se le vuelven 
al mundo delgadas gracias: 
La azucena y sus estambres, 
colibríes y sus alas, 
las venas que van y vienen, 
en tierno azul dibujadas, 
por un pecho de doncella. 
¿Quién va a quererlas 
si no se las ve de cerca?

Él hizo su obligación: 
lo que desde veinte esferas 
instrumentos ordenaban, 
exactamente: soltarla 
al momento justo.

                                  Nada. 
Al principio 
no vio casi nada.  Una 
mancha, creciendo despacio, 
blanca, más blanca, ya cándida. 
¿Arrebañados corderos? 
¿Vedijas, copos de lana? 
Eso sería... 
¡Qué peso se le quitaba! 
Eso sería: una imagen 
que regresa. 
Veinte años, atrás, un niño.

Él era un niño —allá atrás— 
que en estíos campesinos 
con los corderos jugaba 
por el pastizal.  Carreras, 
topadas, risas, caídas 
de bruces sobre la grama, 
tan reciente de rocío 
que la alegría del mundo 
al verse otra vez tan claro, 
le refrescaba la cara. 
Sí; esas blancuras de ahora, 
allá abajo 
en vellones dilatadas, 
no pueden ser nada malo: 
rebaños y más rebaños 
serenísimos que pastan 
en ancho mapa de tréboles. 
Nada malo.  Ecos redondos 
de aquella inocencia doble 
veinte años atrás: infancia 
triscando con el cordero 
y retazos celestiales, 
del sol niño con las nubes 
que empuja, pastora, el alba. 
  
Mientras, 
detrás de tanta blancura 
en la Tierra —no era mapa— 
en donde el cero cayó, 
el gran desastre empezaba.

            II
Muerto inicial y víctima primera: 
lo que va a ser y expira en los umbrales 
del ser. ¡Ahogado coro de inminencias! 
Heráldicas palabras voladoras 
—«¡pronto!», «¡en seguida!», «¡ya!»— nuncios de dichas 
colman el aire, lo vuelven promesa. 
Pero la anunciación jamás se cumple: 
la que aguardaba el éxtasis, doncella, 
se quedará en su orilla, para siempre 
entre su cuerpo y Dios alma suspensa. 
¡Qué de esparcidas ruinas de futuro 
por todo alrededor, sin que se vean! 
Primer beso de amantes incipientes. 
¡Asombro! ¿Es obra humana tanto gozo? 
¿Podrán los labios repetirlo?  Vuelan 
hacia el segundo beso; más que beso, 
claridad quieren, buscan la certeza 
alegre de su don de hacer milagros 
donde las bocas férvidas se encuentran. 
¿ Por qué si ya los hálitos se juntan 
los labios a posarse nunca llegan? 
Tan al borde del beso, no se besan.

Obediente al ardor de un mediodía 
la moza muerde ya la fruta nueva. 
La boca anhela el más celado jugo; 
del anhelo no pasa.  Se le niega 
cuando el labio presiente su dulzura 
la condensada dentro, primavera, 
pulpas de mayo, azúcares de junio, 
día a día sumados a la almendra.

Consumación feliz de tanta ruta, 
último paso, amante, pie en el aire, 
que trae amor adonde amor espera. 
Tiembla Julieta de Romeos próximos, 
ya abre el alma a Calixto, Melibea. 
Pero el paso final no encuentra suelo. 
¿Dónde, si se hunde el mundo en la tiniebla, 
si ya es nada Verona, y si no hay huerto? 
De imposibles se vuelve la pareja.

¿Y esa mano —¿de quién?—, la mano trunca 
blanca, en el suelo, sin su brazo, huérfana, 
que buscas en el rosal la única abierta, 
y cuando ya la alcanza por el tallo 
se desprende, dejándose a la rosa, 
sin conocer los ojos de su dueña?

¡Cimeras alegrías tremolantes, 
gozo inmediato, pasmo que se acerca: 
la frase más difícil, la penúltima, 
la que lleva, derecho, hasta el acierto, 
perfección vislumbrada, nunca nuestra! 
¡Imágenes que inclinan su hermosura 
sobre espejos que nunca las reflejan!

¡Qué cadáver ingrávido: una mañana 
que muere al filo de su aurora cierta! 
Vísperas son capullos. Sí, de dichas; 
sí, de tiempo, futuros en capullos. 
¡Tan hermosas, las vísperas! 
                                                          ¡Y muertas!

                  III
¿Se puede hacer más daño, allí en la Tierra? 
Polvo que se levanta de la ruina, 
humo del sacrificio, vaho de escombros 
dice que sí se puede.  Que hay más pena. 
Vasto ayer que se queda sin presente, 
vida inmolada en aparentes piedras.

¡Tanto afinar la gracia de los fustes 
contra la selva tenebrosa alzados 
de donde el miedo viene al alma, pánico! 
Junto a un altar de azul, de ola y espuma, 
el pensar y la piedra se desposan; 
el mármol, que era blanco, es ya blancura. 
Alborean columnas por el mundo, 
ofreciéndole un orden a la aurora. 
No terror, calma pura da este bosque, 
de noble savia pórtico. 
Vientos y vientos de dos mil otoños 
con hojas de esta selva inmarcesible 
quisieran aumentar sus hojarascas. 
Rectos embisten, curvas les engañan. 
Sin botín huyen. ¿Dónde está su fronda? 
No pájaros, sus copas, procesiones 
de doncellas mantienen en lo alto, 
que atraviesan el tiempo, sin moverse.

Este espacio que no era más que espacio 
a nadie dedicado, aire en vacío, 
la lenta cantería lo redime 
piedras poniendo, de oro, sobre piedras, 
de aquella indiferencia sin plegaria. 
Fiera luz, la del sumo mediodía, 
claridad, toda hueca, de tan clara 
va aprendiendo, ceñida entre altos muros 
mansedumbres, dulzuras; ya es misterio. 
Cantan coral callado las ojivas. 
Flechas de alba cruzan por los santos 
incorpóreos, no hieren, les traen vida 
de colores.  La noche se la quita. 
La bóveda, al cerrarse abre más cielo. 
Y en la hermosura vasta de estos límites 
siente el alma que nada la termina.

Tierra sin forma, pobre arcilla; ahora 
el torno la conduce hasta su auge: 
suave concavidad, nido de dioses. 
Poseidón, Venus, Iris, sus siluetas 
en su seno se posan.  A esta crátera 
ojos, siempre sedientos, a abrevarse 
vienen de agua de mito, inagotable. 
Guarda la copa en este fondo oscuro 
callado resplandor, eco de Olimpo. 
Frágil materia es, mas se acomodan 
los dioses, los eternos, en su círculo.

Y así, con lentitud que no descansa, 
por las obras del hombre se hace el tiempo 
profusión fabulosa.  Cuando rueda 
el mundo, tesorero, va sumando 
—en cada vuelta gana una hermosura— 
a belleza de ayer, belleza inédita. 
Sobre sus hombros gráciles las horas 
dádivas imprevistas acarrean. 
¿Vida?  Invención, hallazgo, lo que es 
hoy a las cuatro, y a las tres no era. 
Gozo de ver que si se marchan unas 
trasponiendo la ceja de la tarde, 
por el nocturno alcor otras se acercan. 
Tiempo, fila de gracias que no cesa. 
¡Qué alegría, saber que en cada hora 
algo que está viniendo nos espera! 
Ninguna ociosa, cada cual su don; 
ninguna avara, todo nos lo entregan. 
Por las manos que abren somos ricos 
y en el regazo, Tierra, de este mundo 
dejando van sin pausa 
novísimos presentes: diferencias.

¿Flor?  Flores. ¡Qué sinfín de flores, flor! 
Todo, en lo igual, distinto: primavera. 
Cuando se ve la Tierra amanecerse 
se siente más feliz.  La luz que llega 
a estrecharle las obras que este día 
la acrece su plural. ¡Es más diversa!

              IV
El cero cae sobre ellas. 
Ya no las veo, a las muchas, 
las bellísimas, deshechas, 
en esa desgarradora 
unidad que las confunde, 
en la nada, en la escombrera.

Por el escombro busco yo a mis muertos; 
más me duele su ser tan invisibles. 
Nadie los ve: lo que se ve son formas 
truncas; prodigios eran, singulares, 
que retornan, vencidos, a su piedra. 
Muertos añosos, muertos a lo lejos, 
cadáveres perdidos, 
en ignorado osario perfecciona 
la Tierra, lentamente, su esqueleto. 
Su muerte fue hace mucho.  Esperanzada 
en no morir, su muerte. Ánima dieron 
a masas que yacían en canteras. 
Muchas piedras llenaron de temblores. 
Mineral que camina hacia la imagen, 
misteriosa tibieza, ya corriendo 
por las vetas del mármol, 
cuando, curva tras curva, se le empuja 
hacia su más, a ser pecho de ninfa. 
Piedra que late así con un latido 
de carne que no es suya, entra en el juego 
—ruleta son las horas y los días—: 
el jugarse a la nada, o a lo eterno 
el caudal de sus formas confiado: 
el alma de los hombres, sus autores. 
Si es su bulto de carne fugitivo, 
ella queda detrás, la salvadora 
roca, hija de sus manos, fidelísima, 
que acepta con marmóreo silencio 
augusto compromiso: eternizarlos. 
Menos morir, morir así: transbordo 
de una carne terrena a bajel pétreo 
que zarpa, sin más aire que le impulse 
que un soplo, al expirar, último aliento. 
Travesía que empieza, rumbo a siempre; 
la brújula no sirve, hay otro norte 
que no confía a mapas su secreto; 
misteriosos pilotos invisibles, 
desde tumbas los guían, mareantes 
por aguja de fe, según luceros. 
Balsa de dioses, ánfora. 
Naves de salvación con un polícromo 
velamen de vidrieras, y sus cuentos 
mármol, que flota porque vista de Venus. 
Naos prodigiosas, sin cesar hendiendo 
inmóviles, con proas tajadoras 
auroras y crepúsculos, espumas 
del tumbo de los años; años, olas 
por los siglos alzándose y rompiendo. 
Peripecia suprema día y noche, 
navegar tesonero 
empujado por racha que no atregua: 
negación del morir, ansia de vida, 
dando sus velas, piedras, a los vientos. 
Armadas extrañísimas de afanes, 
galeras, no de vivos, no de muertos, 
tripulaciones de querencias puras, 
incansables remeros, 
cada cual con su remo, lo que hizo, 
soñando en recalar en la celeste 
ensenada segura, la que está 
detrás, salva, del tiempo. 
 

              V
¡Y todos, ahora, todos, 
qué naufragio total, en este escombro! 
No tibios, no despedazados miembros 
me piden compasión, desde la ruina: 
de carne antigua voz antigua, oigo.

Desgarrada blancura, torso abierto, 
aquí, a mis pies, informe. 
Fue ninfa geométrica, columna. 
El corazón que acaban de matarle, 
Leucipo, pitagórico, 
calculador de sueños, arquitecto, 
de su pecho lo fue pasando a mármoles. 
Y así, edad tras edad, en estas cándidas 
hijas de su diseño 
su vivir se salvó.  Todo invisible, 
su pálpito y su fuego. 
Y ellas abstractos bultos se fingían, 
pura piedra, columnas sin misterio.

Más duelo, más allá: serafín trunco, 
ángel a trozos, roto mensajero. 
Quebrada en seis pedazos 
sonrisa, que anunciaba, por el suelo. 
Entre el polvo guedejas 
de rubia piedra, pelo tan sedeño 
que el sol se lo atusaba a cada aurora 
con sus dedos primeros. 
Alas yacen usadas a lo altísimo, 
en barro acaba su plumaje célico. 
(A estas plumas del ángel desalado 
encomendó su vuelo 
sobre los siglos el hermano Pablo, 
dulce monje cantero.) 
Sigo escombro adelante, solo, solo. 
Hollando voy los restos 
de tantas perfecciones abolidas. 
Años, siglos, por siglos acudieron 
aquí, a posarse en ellas; rezumaban 
arcillas o granitos, 
linajes de humedad, frescor edénico. 
No piso la materia; en su pedriza 
piso al mayor dolor, tiempo deshecho. 
Tiempo divino que llegó a ser tiempo 
poco a poco, mañana tras su aurora, 
mediodía camino de su véspero, 
estío que se junta con otoño, 
primaveras sumadas al invierno. 
Años que nada saben de sus números, 
llegándose, marchándose sin prisa, 
sol que sale, sol puesto, 
artificio diario, lenta rueda 
que va subiendo al hombre hasta su cielo. 
Piso añicos de tiempo. 
Camino sobre anhelos hechos trizas, 
sobre los días lentos 
que le costó al cincel llegar al ángel; 
sobre ardorosas noches, 
con el ardor ardidas del desvelo 
que en la alta madrugada da, por fin, 
con el contorno exacto de su empeño... 
Hollando voy las horas jubilares: 
triunfo, toque final, remate, término 
cuando ya, por constancia o por milagro, 
obra se acaba que empezó proyecto. 
Lo que era suma en un instante es polvo. 
¡Qué derroche de siglos, un momento! 
No se derrumban piedras, no, ni imágenes; 
lo que se viene abajo es esa hueste 
de tercos defensores de sus sueños. 
Tropa que dio batalla a las milicias 
mudas, sin rostro, de la nada; ejército 
que matando a un olvido cada día 
conquistó lentamente los milenios. 
Se abre por fin la tumba a que escaparon; 
les llega aquí la muerte de que huyeron. 
Ya encontré mi cadáver, el que lloro. 
Cadáver de los muertos que vivían 
salvados de sus cuerpos pasajeros. 
Un gran silencio en el vacío oscuro, 
un gran polvo de obras, triste incienso, 
canto inaudito, funeral sin nadie. 
Yo sólo le recuerdo, al impalpable, 
al NO dicho a la muerte, sostenido 
contra tiempo y marea: ése es el muerto. 
Soy la sombra que busca en la escombrera. 
Con sus siete dolores cada una 
mil soledades vienen a mi encuentro. 
Hay un crucificado que agoniza 
en desolado Gólgota de escombros, 
de su cruz separado, cara al cielo. 
Como no tiene cruz parece un hombre. 
Pero aúlla un perro, un infinito perro 
—inmenso aullar nocturno ¿desde dónde?—, 
voz clamante entre ruinas por su Dueño.




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