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lunes, 29 de enero de 2018

CHARLES DICKENS Y WILKIE COLLINS ALQUILADA AL FIN

 ALQUILADA, AL FIN 



         CHARLES DICKENS Y WILKIE COLLINS 


         ¡YA está, señora! —dijo Trottle, dobló el manuscrito que acababa de leer y lo dejó en la mesa con un golpecito triunfal—, ¿Me permite preguntar lo que opina de la rotunda exposición en la que respondo (al contrario que el señor Jarber) al misterio de la casa que nadie alquila?
         Tarde un par de minutos en encontrar palabras. Cuando me repuse, me interesé en primer lugar por el pequeño infeliz.
         —Hoy es lunes, día 20 —dije—. Seguro que no ha dejado pasar toda una semana sin hace más pesquisas.
         —Exceptuando las horas de dormir y las de comer, señora —respondió Trottle—, no he dejado pasar ni una sola hora. Tenga la bondad de comprender que sólo he llegado al final de lo que he escrito, pero no de lo que he hecho. He puesto esos primeros detalles por escrito, señora, porque son de gran importancia y, además, porque quería presentar el documento en papel, como hizo primero el señor Jarber con los suyos. Ahora estoy dispuesto a continuar de palabra con la segunda parte, cuanto antes y con la mayor claridad. Si me lo permite, lo primero que debo aclarar es la cuestión de los asuntos familiares del señor Forley. La he oído hablar varias veces de ellos, señora, y tengo entendido que el señor Forley tenía dos hijas, ambas de su difunta esposa. La primera se casó, a entera satisfacción de su padre, con un tal señor Bayne, un hombre rico con un puesto de importancia en el gobierno de Canadá. Actualmente vive allí con su marido y su única hija, una niña de ocho o nueve años. Hasta aquí todo es correcto, ¿verdad, señora?
         —En efecto —dije yo.
         —En cuanto a la segunda hija —prosiguió Trottle—, la predilecta del señor Forley, actuando en contra de los deseos de su padre y de la opinión del mundo, huyó con un hombre de origen humilde, un segundo de a bordo de un buque mercante, que se apellidaba Kirkland. Lejos de perdonar semejante matrimonio, el señor Forley juró que, en el futuro, la pareja pagaría muy caro el escándalo. Ambos se libraron de la venganza, que nunca sabremos cuál habría podido ser. Después de la boda, el marido se ahogó en el primer viaje que emprendió, y la mujer murió al dar a luz. Sigo bien, ¿verdad, señora?
         —Si, así es.
         —Ahora que estamos de acuerdo en los asuntos familiares, señora, vuelvo a mis pesquisas. El lunes pasado le pedí un permiso de dos días, el cual dediqué a resolver el asunto del parecido de Benjamín. El sábado pasado, cuando usted me llamó, yo no estaba. Esa vez hice novillos, señora, en compañía de un amigo mío, que es pasante de un abogado; estuvimos toda la mañana en Doctors’ Commons11 consultando las últimas voluntades y el testamento del padre del señor Forley. Dejemos aparte un momento la cuestión del testamento y tenga la bondad, si no encuentra inconveniente, de escuchar el feo asunto del parecido de Benjamín. Hace unos seis o siete años, tuvo usted la gentileza de darme una semana de vacaciones, que pasé con unos amigos que viven en la ciudad de Pendlebury. Uno de ellos (el único que queda ya en ese lugar) tenía una farmacia, en la cual conocí a uno de los dos médicos de la ciudad, un tal Barsham. Barsham era un cirujano de primera categoría, que habría podido alcanzar la cumbre de su profesión si no hubiera sido tan canalla. Además, se daba a la bebida y al juego, en Pendlebury nadie quería saber nada de él y, en la época en que me lo presentaron en la farmacia, el otro médico, el doctor Dix, que no podía compararse con el primero en lo tocante a cirugía, pero en cambio era una persona respetable, se había hecho con toda la clientela, mientras que Barsham y su anciana madre vivían juntos, en tan míseras condiciones que nadie podía creer que no estuviesen acogidos en el asilo de pobres de la parroquia.
         —¡Benjamín y su madre!
         —Exactamente, señora. El jueves pasado por la mañana, de nuevo gracias a su gentileza, señora, fui a Pendlebury a preguntar un par de cosas a mi amigo el farmacéutico a propósito de Barsham y su madre. Me dijo que se habían ido de la ciudad hacía unos cinco años. Al preguntar los motivos, el farmacéutico me contó algunos detalles curiosos. Sé sin ninguna duda, señora, que la pobre señora Kirkland vivió en reclusión mientras su marido estaba en el mar, en un alojamiento en la localidad de Flatfield, y que allí murió y fue enterrada. Lo que tal vez ignore usted es que Flatfield se encuentra a sólo cinco kilómetros de Pendlebury, que el médico que atendía a la señora Kirkland era Barsham, que la enfermera que la cuidaba era la madre de Barsham y que la persona que los contrató a ambos fue el señor Forley. No sé si su hija le escribió o él llegó a saber de ella de otra forma, pero el caso es que pasó con ella (aunque había jurado no volver a verla desde el momento en que se casó) uno o dos meses antes de que se recluyera, y que siempre estaba yendo y viniendo entre Flatfield y Pendlebury. De momento no se sabe qué acuerdos tendría con los Barsham, pero el caso es que, para asombro de todos, logró mantener sobrio al médico borracho. Se ha constatado que Barsham, cuando iba a atender a la pobre mujer, era completamente dueño de sí. También es cierto que la madre y él dejaron Flatfield tras la muerte de la señora Kirkland, recogieron sus pocas pertenencias y una noche se marcharon de la ciudad misteriosamente. Por último, no es menos cierto que no se avisó al otro médico, el doctor Dix, hasta una semana después del nacimiento ¡y el entierro! del recién nacido, cuando la madre moría de agotamiento, un agotamiento (reconozcamos el mérito de Barsham, el vagabundo) que, en opinión del señor Dix, no se debía a un tratamiento médico indebido, sino a la debilidad de la pobre mujer...
         —¿El entierro del niño? —interrumpí, temblando de pies a cabeza—. ¡Trottle, ha dicho esa palabra de una forma muy extraña! ¡Y, ahora me mira de una forma más extraña aún!
         Trottle se agachó un poco y señaló por la ventana la casa sin alquilar.
         —En Pendlebury el niño está inscrito en el registro de defunciones —dijo-con el título de “niño varón, muerto al nacer”, certificado por Barsham. El féretro del pequeño está enterrado en la tumba de su madre, en el cementerio de Flatfield. Pero el niño, tan cierto como que estoy vivo y respiro, ¡vive y respira en estos momentos, naufrago y prisionero, en esa casa maldita!
         Me hundí en el sillón.
         —Hasta ahora, todo es pura deducción, pero para mí, por todas esas cosas, es la pura verdad. Anímese, señora, y píenselo un momento. Lo último que se sabe de Barsham es que atendía a la hija desobediente del señor Forley. Después aparece en casa del señor Forley y se le confía un secreto. Hace cinco años, su madre y él se fueron de repente de Pendlebury de una forma sospechosa. ¡Aguarde un momento, por favor! Todavía no he terminado. El testamento del padre del señor Forley confirma la sospecha. El amigo que me acompañó a Doctors’ Commons estudió el documento a fondo y, a continuación, le hice dos preguntas: “¿El señor Forley puede dejar su dinero a quién él desee?”. “No —respondió mi amigo—, su padre sólo le ha dejado los intereses del capital de por vida.” “Supongamos que una de las hijas casadas del señor Forley tiene una hija, y la otra, un hijo. ¿Qué sucedería con el dinero?” “Sería todo para el niño —contestó él—, con la obligación de pagar determinada cantidad anual a su prima, la niña. Cuando ésta muera, todo volverá a ser del niño y de sus descendientes.” ¡Píenselo, señora! El hijo de la hija a la que Forley aborrecía y cuyo marido escapó de su venganza porque se lo llevó la muerte se queda con la propiedad de todo en contra de los deseos del señor Forley; la hija de la hija a la que ama queda de por vida en situación de dependencia de su primo, ¡que es de baja cuna! Hay motivos de mucho peso para procurar que el hijo de la señora Kirkland figure como muerto al nacer. Y, si, según creo, el registro de defunción se hizo con un certificado falso, todavía hay más motivo para ocultar la existencia de ese niño, así como todo rastro de su parentesco, y confinarlo en la buhardilla de esa casa que no se alquila.
         Calló un momento y volvió a señalar a la oscura y polvorienta ventana de la buhardilla de enfrente. En ese momento, me sobresaltó —porque tenía yo un estado de ánimo que me asustaba por todo —una llamada a la puerta de la habitación en la que nos encontrábamos.
         Entró mi doncella con una carta en la mano. Se la cogí. Lo único que contenía el sobre era la notificación de un fallecimiento y se me cayó de las manos.
         Había fallecido George Forley. Había abandonado este mundo hacía tres días, la noche del viernes.
         —¿Se ha llevado a la tumba nuestra única posibilidad de descubrir la verdad? —pregunté—. ¿La hemos perdido con él?
         —¡Valor, señora! Creo que no. Tenemos una posibilidad, si logramos que confiesen Barsham y su madre; y creo que, como la muerte del señor Forley los deja indefensos, nos deja a nosotros esa posibilidad en las manos. Con su permiso, ahora no voy a esperar al anochecer, como había pensado, sino que voy a ir ahora mismo a retener a esos dos. Con un policía de paisano vigilando la casa, por si se les ocurre huir, con esta notificación que demuestra el fallecimiento del señor Forley y con hacerles saber audazmente que conozco su secreto y que estoy dispuesto a utilizarlo en su contra en caso necesario, me parece que no será difícil llegar a un acuerdo con Barsham y su madre. Si me fuera imposible volver aquí antes de la noche, tenga la bondad de sentarse a la ventana, señora, y vigile la casa un poco antes de que enciendan las farolas. Si ve que la puerta principal se abre y se cierra otra vez, ¿sería tan amable de ponerse el sombrero y venir a buscarme inmediatamente? No sé si la defunción del señor Forley impedirá la visita de su emisario, como estaba prevista. Pero, si esa persona se presenta, es muy importante que usted, en calidad de familiar del señor Forley esté presente y lo vea y ejerza sobre él la influencia debida que yo no puedo arrogarme de ninguna manera.
         Lo único que fui capaz de decirle a Trottle, mientras abría la puerta y se despedía, fue encomendarle que se abstuviera de hacer cualquier cosa que pudiera perjudicar al infeliz niñito.
         Ya sola, acerqué una silla a la ventana y, con el corazón desbocado, me puse a mirar la casa culpable. Esperé y seguí esperando una eternidad, o eso me pareció, hasta que oí las ruedas de un coche de punto, que se detenía al final de la calle. Miré hacia allí y vi a Trottle apearse solo, llegar a la casa y llamar a la puerta. Abrió la madre de Barsham. Un par de minutos después, un hombre bien vestido pasó por delante de la casa, la miró un momento y siguió andando tranquilamente hasta la esquina de la calle siguiente. Se detuvo, se apoyó en una farola y encendió un cigarrillo, y allí se quedó, fumando con despreocupación, pero sin dejar de observar la puerta de la casa.
         Por mi parte, seguí esperando mucho tiempo más, también con los ojos pendientes de la puerta, hasta que, por fin, me pareció que se abría en la oscuridad; después oí sin lugar a dudas que cerraban con cuidado otra vez. Aunque intenté mantener la compostura con todas mis fuerzas, temblaba tanto que me vi obligada a llamar a Peggy, para que me ayudase a ponerme el sombrero y el abrigo, y tuve que apoyarme en su brazo para cruzar la calle.
         Sin haber llamado siquiera, nos abrió la puerta Trottle, Peggy volvió a casa y yo entré. Trottle llevaba una vela encendida en la mano.
         —Señora, todo ha sucedido como predije —me dijo en susurros llevándome a la incómoda y vacía salita, que no tenía ni alfombra—. Barsham y su madre han consultado con sus propios intereses y se han avenido. Mis suposiciones han dejado de serlo. Ahora son lo que creía que eran: ¡la verdad!
         De repente, algo extraño —algo que les debe de pasar a menudo a muchas madres —me tembló en el corazón y se me llenaron los ojos de lágrimas ardientes de mi época juvenil. Di la mano a mi fiel criado y le pedí, por su madre, que me dejase ver al hijo de la señora Kirkland —Si ése es su deseo, señora —dijo Trottle, con una ternura que nunca había visto en él—; sin embargo, le ruego que no piense que falto a mi deber o que no tengo sentimientos si le imploro que espere un poco. Ya está usted alterada y el primer encuentro con el niño no la ayudará a cobrar la serenidad que desearía si llegara el emisario del señor Forley. El niñito está arriba, sano y salvo. Le ruego que primero piense en reponerse, con vistas a un encuentro con un desconocido; y, créame, después no se irá usted de aquí sin el niño.
         Me pareció que Trottle tenía razón y me senté con toda la paciencia posible en una silla que, previsoramente, mi criado había dispuesto para mí. El descubrimiento de la ruindad de mi propio pariente me había horrorizado tanto que, cuando Trottle me propuso contarme la confesión que había arrancado a Barsham y a su madre, le rogué que me ahorrase los pormenores y que me contara lo estrictamente imprescindible sobre George Forley.
         —La única cosa favorable que puede decirse del señor Forley, señora, es que al menos tuvo el detalle de ocultar la existencia del niño y borrar todo rastro de su parentesco aquí, en vez de consentir que lo matasen al principio o, más adelante, cuando el niño creciera, lo abandonasen y lo dejasen perdido e indefenso en el mundo. El fraude, señora, se ha llevado a cabo con la malicia del mismísimo Satanás. El señor Forley tenía a los Barsham atados de pies y manos, porque lo habían ayudado a cometer esa vileza, y dependían de él económicamente. Los trajo a Londres para poder vigilarlos de cerca. Los metió en la casa deshabitada (aunque no sin quitársela de las manos previamente a la agencia inmobiliaria, so pretexto de que pensaba ocuparse de alquilarla personalmente); después, se aseguró de que nadie la alquilase y de esa forma la convirtió en el lugar más seguro para esconder al niño. El señor Forley podía venir aquí a su antojo y ver que no mataban de hambre al infeliz niño solitario. Lo habían criado para que creyese que era hijo del propio Barsham hasta que alcanzara la edad de proporcionarle un modo de subsistencia tan bajo y pobre como la mala conciencia permitiese elegir al señor Forley. Tal vez pensase en algún desagravio cuando estuviera a las puertas de la muerte, pero no antes, de eso estoy completamente seguro: ¡no antes!
         Nos sobresaltaron dos golpes graves en la puerta.
         —¡El emisario! —dijo Trottle en voz baja.
         Salió inmediatamente a atender la llamada y volvió acompañando a un caballero mayor de aspecto respetable, vestido igual que Trottle, todo de negro y con pañuelo blanco al cuello, por lo demás, no se parecía en nada a mi criado.
         —Me temo que he cometido un error —dijo el desconocido.
         Con gran consideración por su parte, Trottle se hizo cargo de las explicaciones y aseguró al caballero que no había error alguno; le dijo quién era yo y le preguntó si no venía de parte del difunto señor Forley. El caballero, muy asombrado, respondió que sí. Después hubo un incómodo silencio. El desconocido no sólo parecía muy sobresaltado y atónito, sino también bastante receloso y con temor de verse comprometido él también. Al darme cuenta de su situación, opté por pedir a Trottle que pusiera fin a la embarazosa situación exponiendo las circunstancias del caso al caballero con la misma sinceridad que a mí, unos momentos antes y, en nombre del señor Forley, rogué al caballero que tuviera paciencia para oír el relato. Me hizo una respetuosa inclinación de cabeza y dijo que estaba dispuesto a escucharlo todo con gran interés.
         Me pareció evidente —y también a Trottle, por lo que pude ver —que el caballero no era un hombre falto de honor, por decir lo mínimo.
         —Antes de opinar sobre lo que acabo de oír —dijo el caballero con seriedad y contundencia, cuando Trottle hubo concluido—, permítanme que, en mi propio descargo, les explique la aparente relación que tengo con este asunto tan extraño e impresionante. Yo era el asesor legal particular del difunto señor Forley y he sido nombrado albacea de sus bienes. Hace bastante más de quince días, cuando la enfermedad postró en la cama al señor Forley, mandó a buscarme y me encargó que viniese aquí y pagase determinada cantidad de dinero a un hombre y a una mujer, a quienes encontraría a cargo de la casa. Dijo que tenía motivos para desear que el asunto se llevase con total discreción. Me rogó que lo organizase todo para poder presentarme en este lugar el lunes pasado u hoy, al anochecer; me dijo asimismo que anunciaría personalmente mi visita sin revelar mi nombre (me llamo Dalcott), puesto que no deseaba que el hombre y la mujer pudieran importunarme en el futuro. Huelga decir que la encomienda me pareció muy rara, pero mi relación con el señor Forley no me permitió sino aceptarla sin hacer preguntas; de lo contrario, habría roto el largo y cordial vínculo que me unía a mi cliente. Elegí lo primero. No pude venir el lunes pasado por unos asuntos y, si hoy estoy aquí a pesar del inesperado fallecimiento del señor Forley, es, sin lugar a dudas, porque no sabía nada de este asunto cuando llamé a la puerta y, por tanto, en calidad de albacea, me he visto obligado a aclararlo. Les aseguro por mi honor que ésa es toda la verdad en lo que personalmente me concierne.
         —Estoy segura, señor —respondí.
         —Acaba usted de decir que la defunción del señor Forley ha sido inesperada. ¿Me permite preguntarle si estuvo usted presente y si dejó algunas últimas instrucciones?
         —Tres horas antes de fallecer —dijo el señor Dalcott—, el médico que lo atendía se marchó dejándolo en vías de recuperación, o eso parecía. La recaída fue tan súbita y vino acompañada de tales dolores que no pudo comunicar sus últimos deseos a nadie. Cuando llegué a su casa lo encontré inconsciente. He repasado sus documentos. No hay ninguno que se refiera al presente ni al grave asunto que nos ocupa ahora. A falta de instrucciones, debo proceder con cautela en lo que usted me ha contado, pero seré rigurosamente justo y ecuánime al mismo tiempo. Lo primero que se debe hacer —prosiguió, dirigiéndose a Trottle —es oír lo que tengan que decir el hombre y la mujer. Si puede usted proporcionarme material para escribir, les tomaré declaración por separado aquí mismo, en su presencia y en la del policía que está vigilando la casa. Mañana mandaré copia de dichas declaraciones y una exposición completa del caso a Canadá, a la señora y el señor Bayne (ambos saben perfectamente que soy el consejero legal del difunto señor Forley); por mi parte, suspenderé todos los trámites hasta que tenga noticia de ellos o de su abogado en Londres. Tal como están las cosas en este momento, es lo mejor que puedo hacer.
         No podíamos estar más de acuerdo con él; le agradecimos que nos hablara de una manera tan franca y directa. Decidimos traer la escribanía de mis habitaciones y, para mi inmensa dicha y alivio, también acordamos que el pobre huerfanito no encontraría mejor refugio que el que deseaban ofrecerle mis viejos brazos, ni refugio más protegido y seguro para pasar la noche que el de mi techo. Sin pérdida de tiempo, Trottle subió a las buhardillas con la energía de un joven, a buscar al niño.
         Y me lo trajo sin más demora; yo caí de rodillas delante del infeliz chiquillo y lo abracé y le pregunté si quería venir conmigo a mi casa. Él guardo las distancias al momento y me miró inquisitivamente con sus lánguidos y perspicaces ojillos. Entonces, se pegó a mí y dijo: —¡Voy contigo, sí....! ¡Como lo oyes!
         En ese momento di gracias al Cielo con toda mi alma y corazón por inspirar confianza en mi vieja persona al pobrecito niño abandonado... ¡y todavía se las doy ahora!
         Envolví al infeliz chiquitín en mi abrigo y me lo llevé en brazos al otro lado de la calle. Peggy se quedó muda de asombro, cuando me vio subir las escaleras sin resuello, con un raro par de piernecillas bajo el brazo, pero rompió a llorar por el niño nada más verlo, como la persona sensible que siempre ha sido, y siguió deshaciéndose en llanto más a sus anchas cuando, por fin, la criatura se durmió profundamente en la cama de Trottle, arropado por mí.
         —¡Ah, Trottle, que Dios lo bendiga, mi querido amigo! —dije; le besé la mano y él no dejaba de mirar—. El niño abandonado ha llegado a este refugio gracias a usted, y él le ayudará en su camino hacia el Cielo.
         Trottle respondió que yo era su querida señora y, sin más, se fue a mirar por la ventana abierta del rellano; estuvo un cuarto de hora mirando la calle de atrás.
         Esa misma noche, pensando en el pobre niño y en otro igual de pobre en el que jamás se pensará lo suficiente en Navidad, se me ocurrió una idea que he podido vivir para hacer realidad y que en el día de hoy me convierte en la más feliz de las mujeres.
         —¿El albacea va a vender esa casa, Trottle? —le pregunté.
         —Sin duda, señora, si encuentra quien quiera comprarla.
         —La compraré yo.
         He visto a Trottle satisfecho muchas veces, pero jamás lo vi tan encantado como cuando le confié, en ese mismo momento y lugar, el propósito que tenía en perspectiva.
         Por abreviar una historia larga —¿qué historia no es larga, en boca de una vieja como yo, a menos que se abrevie a la fuerza?—, la compré. La señora Bayne llevaba en las venas la sangre de su padre; soslayó la oportunidad que le ofrecí de perdonar y procurar reparación con generosidad y repudió al niño, pero yo estaba preparada para esa eventualidad y creció mi amor por él, pues no tenía en el mundo a nadie a quien recurrir, sino a mí.
         Me estoy poniendo frenética de alegría e incluso diría que incoherente, si hace falta. Compré la casa, la reconstruí, desde el sótano hasta el tejado, y la convertí en un hospital para niños.
         Es lo de menos hasta qué punto aprendió a conocer mi niño adoptivo todas las visitas y sonidos de las calles, tan conocidos para otros niños y tan extraños para él; es lo de menos hasta qué punto llegó a ser guapo, infantil, encantador y sociable, y a tener cuadros y juguetes a su alrededor, y compañeros de juego apropiados. Escribo y miro al otro lado de la calle, a mi hospital, y lo veo (ha ido allí a jugar) saludándome por una de las ventanas, antaño solitarias, con su encantadora y gordezuela carita enmarcada en el chaleco de Trottle, que aúpa al cachorrito para que “abuelita” lo vea.
         Ahora veo muchos ojos en esa casa, pero nunca solos ni olvidados. Ahora veo muchos ojos en esa casa, que cada día está más radiante por la luz de la salud recobrada. Igual que mi precioso niño ha mejorado de manera indescriptible, también mejoran en esa casa todos los días del año los otros pequeños no menos preciosos, los de las mujeres pobres. Por todo ello doy gracias humildemente al Ser Bondadoso al que la humanidad llama Padre, según nos enseñó aquel que resucitó al hijo de la viuda y a la hija del Magistrado12.


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