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lunes, 4 de junio de 2012

OBSTÁCULOS QUE LAS MUJERES encuentran en sus vidas MARIE LANGER psicoanalista


MARIE LANGER 
LOS OBSTÁCULOS QUE todas LAS MUJERES han de tener en cuenta para encontrar...
publicación en el 2009

Hace unas pocas semanas, vino a verme en México un grupo de jóvenes investigadoras de ciencias exactas, de Bioquímica. Venían para solicitar mi participación en una mesa redonda sobre la creatividad de la mujer. Entonces les pregunté que querían saber en especial, o como querían que fuera mi intervención. Ellas me pidieron que les explicara cómo había influido, cómo había impactado en mi carrera, el hecho de ser mujer; con qué obstáculos me había encontrado.
Antes, ya me habían preguntado eso. Mucho antes yo había dicho que no me perjudicó ser mujer. Al revés: era más fácil, porque había muy pocas mujeres profesionales y, además, en el psicoanálisis se podía, etc. Después, reflexionando un poco más, me di cuenta de que no era tan simple la cosa.
Yo les quisiera contar ahora, lo que pensé entonces desde mi lugar de mujer vieja a raíz del interrogante que me plantearon esas mujeres tan jóvenes, tan lindas. Mujeres a las que les tengo mucho respeto, porque son de ciencias exactas y ese es -o era- uno de los terrenos casi exclusivo de los hombres. Fue así que pensando un poco sobre el tema, modifiqué mi respuesta y les dije que sí, que había tenido que desafiar obstáculos externos pero que, principalmente, les quería hablar de los obstáculos internos; porque los seres humanos somos muy complicados, internalizamos las prohibiciones, los prejuicios sociales, que después operan desde adentro. Freud escribió sobre eso y Frantz Fanon -en Los Condenados de la Tierra- nos lo dijo respecto al colonizado: el negro africano estaba colonizado desde adentro, tenía al colonizador dentro. Nosotras las mujeres, también. Es distinto en un sentido, pero el mecanismo de incorporación de las normas del patriarcado es casi el mismo.
Los obstáculos que operan desde fuera a los que me refería eran, sin duda, los que venían de la educación. Yo fui criada a principios de siglo con ciertas obligaciones. Tenía que ser linda; tenía que escuchar bien; no debía ser demasiado deportista; y, sobre todo, “hay cosas que las mujeres no deben saber”. Imperativos que ahora ya no presionan tanto como antes. Recuerdo bien que más o menos a los diez u once años, cuando ingresé a la secundaria, en el Real Gymnasium, leí un libro muy famoso en ese entonces, que estaba editado por la editorial Psicoanalítica. Era el, supuestamente, auténtico "Diario de una muchacha adolescente". Todo allí era fascinante. Aprendí mucho de ese libro. Claro, esa muchacha, la del Diario, debía haber sido de dos o tres generaciones anteriores a la mía, pero me quedó muy grabado. Entre otras cosas, la descripción de una discusión que había sostenido con su hermano. Su hermano iba al Gymnasium y estudiaba latín -eso era lógico- y ella decía en un momento, en la mesa: " yo quisiera también estudiar latín". Y él respondía : "¡Uf!, un cerebro de mujer no esta capacitado para el latín. ¡Imposible!". Bueno, yo leí este libro. No quiero ahora acusar al libro pero yo, en latín, era pésima. Era tan mala en latín y era tan mala en ciencias exactas, en matemáticas, en física y en química, que tenía que dar siempre exámenes extras. Ahora bien, ¿porqué una mujer no podía aprender estas cosas?. Yo estaba muy convencida de esa imposibilidad; era así a pesar de que iba a un colegio de mujeres y había otras chicas que si lo aprendían.
Otro obstáculo es el que se refiere al amor. ¿Recuerdan las novelitas rosas que leen las niñas? O, qué leían las niñas, antes. Pues bien: yo leí los autores alemanes, lógicamente. Y allí la cosa era así: las niñas pensaban en el amor, se enamoraban de alguien que (frente a mi perplejidad, porque yo me crié en una época en que los hombres se afeitaban todos) tenía barba, y bigotes que pinchaban -muy emocionante- en el primer beso. Tal vez ahora a Uds. les parece natural porque la mayoría de los varones van así pero para mí era muy raro y muy excitante. Bueno, luego, se casaban y ahí terminaba la novelita. Entonces yo, como otras chicas, vivía obsesionada por el amor. Por eso no podía estudiar. Pero también por ser mujer. Ahora bien, ¿qué me pasó con las matemáticas en especial?. En el bachillerato teníamos que dar -escrito- un examen muy duro y, si una fallaba en el escrito, había que pasar al oral. Yo, unos meses antes del examen, pedí a un estudiante de ingeniería, a un hombre, que me explicara matemáticas. El estaba en el Real Gymnasium donde las matemáticas tienen un alto nivel y, bueno, las entendí en pocas semanas. Pensándolo después, las estudié y las aprendí porque me fecundó (simbólicamente, porque no hubo nada entre nosotros) un hombre. Me fecundó con las matemáticas que, de golpe, me resultaron fáciles. Súbitamente, las matemáticas me resultaron sencillas en el bachillerato. Lo recuerdo muy bien: había cuatro problemas por resolver. Y yo los resolví en un tiempo récord. Los transcribí en un papel que llevé al baño para esconderlo allí en un lugar adecuado, cuestión que algunas compañeras -menos fecundadas que yo- pudieran aprovecharse y copiarse. Así es que me fue muy bien en matemáticas. Después, en la Universidad de Viena, Facultad de Medicina: una mujer cada cinco hombres. En la Universidad me fue muy bien, también, pero gracias a que usé “malas artes”: usé artes de mujer.
Anatomía era allí la materia más importante; era ‘‘la materia “filtro”. Teníamos dos años y medio de Anatomía, y si una había pasado esta asignatura, el empleado de la limpieza le preguntaba:
-Señorita, ¿ha aprobado anatomía?”
-Sí
-La felicito, doctora.
Este era el paso. Pero nuestro profesor de anatomía -aunque era socialdemócrata- no quería que las chicas estudiasen Medicina. Entonces, ¿qué hice yo?. Ahora me da vergüenza contarlo pero fue así: me senté en la primera fila en un auditorio grande y lo miré, y lo miré, y lo miré. Así, así, así, y lo miré durante dos años. Cuando fui al examen yo, para él, era como una hija, una novia, no sé, algo así. Entonces él me quiso ayudar. Comenzó el examen y yo me quedé en blanco, pienso ahora que por toda esa situación tan conflictiva. El era famoso porque suspendía a mucha gente y yo ahí... Me preguntó una cosa, me preguntó otra cosa y yo, nada. Entonces, para ayudarme, me hizo la pregunta femenina:
-Señorita, ¿si Ud. viaja en el tranvía y al lado suyo hay una mujer al final del embarazo que, de golpe, comienza con trabajo de parto qué hace usted?
Ahí, sí pude contestarle:
-Tomo al niño y corto el cordón.
-¿Dónde?
-Bueno, hay que poner una mano entre el ombligo del niño y el corazón, y ahí se corta.
Eso lo sabía y, desde este momento, el examen fue de primera y obtuve una excelente nota, a pesar del “blanco” inicial. Pero lo obtuve con “malas artes”. “Malas artes”: artes femeninas.
Y no fue la única vez. Hubo otra situación semejante a ésta pero que la justifico mucho más.
Entonces ya estábamos en el austrofascismo, con mucho antisemitismo. Por un lado estaban los profesores antisemitas y por el otro, yo, con un aspecto neutro, con un apellido neutro. No parecía judía pero tampoco pasaba por aria pura. Entonces recurrí a otro “arte femenino”. Había estudiado antes de los exámenes pero no demasiado a raíz de la militancia política. Así que me dejé crecer el pelo, me hice un peinado muy alemán (consiste en dos trenzas alrededor de la cabeza) con el que parecía una campesina. Y, ya se sabe, para los nazis no había nada mejor que una campesina semirrubia con ojos claros: esa sí que, seguramente, era una aria. Bueno, me fue muy bien en los exámenes. Nunca desaprobé ningún examen de Medicina.
Ahora bien, todo eso suena divertido, fue un triunfo para mí, pero tiene sus consecuencias, porque si una adquiere las cosas así, nunca cree del todo en sí misma, en su talento; una nunca está segura sobre la legitimidad de lo que adquirió; siempre queda la duda sobre si se lo regalaron o si es fraudulento. Yo, por ejemplo, hasta hoy en día tengo dificultades con ciertos problemas difíciles. Pregunté diez veces hasta entender qué es la epistemología. Ahora lo sé. Pero a una le queda un resto de todo eso: la idea de que a una se lo regalaron porque trampeó, o porque era una chica linda. No como a los hombres. Ellos saben que tienen derecho. Ellos dicen: “lo estudié y me lo merezco”. En cambio las mujeres nunca sabemos si nos merecemos el lugar en donde estamos o no, y ese se constituye es uno de esos obstáculos internos a los que aludía al principio.

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